¿Qué hay detrás del ego de Napoleón Bonaparte?

Por Matías Malaisi

Litografía de Napoleón Bonaparte por Franz Eybl

En La Terminal (2004), película en la que Tom Hanks es protagonista, la existencia de Napoleón Bonaparte no pasa desapercibida. En una escena se lo menciona y se hace énfasis en el ego que poseía este personaje de la Historia Universal, y narra que era tal el grado de fuerza sobrehumana que creía tener, que al consumir seis veces la dosis de cianuro necesaria para matar a un ser humano, su estómago lo rechaza y logra salvarlo.

Es cierto que militar francés (nacido en la isla de Córcega, Francia, el 15 de agosto de 1769) tenía una vigorosa personalidad y ya desde joven la exteriorizaba. Cuenta la Historia que cuando asistía a la Escuela Militar sus compañeros eran de familias aristócratas mientras que él era casi un estropajo y hablaba francés con un acento muy distinto al resto. Esta diferencia hizo que sus pares le hicieran bromas, pero el carácter del corso no se “andaba con chiquitas” e imponía respeto.

Ni hablar cuando se autoproclamó Emperador de toda Francia en 1804, y durante la coronación en el Notre Dame -normalmente realizada por alguien del clero- el Papa Pío VII no tuvo otra actitud más que quedarse de brazos cruzados y mirar cómo Napoleón se colocaba solito la corona, y luego repitió la acción pero con su amada Josefina. Este gesto reflejó que dentro de las cabezas, o al menos en la de de Bonaparte, no había nadie en la faz de la tierra tan poderoso como él.

Por otro lado este hombre, al cual se lo conoce erróneamente por ser de estatura baja (ya que medía 169 centímetros, pero en el siglo XII se la consideraba promedio), tenía una sed insaciable de expansión territorial. Entre sus logros más importantes están la fundación e integración del Imperio de Francia, que se extendía en lo que hoy es ese país junto a Bélgica, Países Bajos, Croacia, una gran parte de Italia y algunos regiones de Alemania. Como si eso fuera poco, también logró que otros estados vecinos dependieran de sus órdenes, entre ellos el de España, el Ducado de Varsovia (actual Polonia) y la Confederación Helvética (Suiza).

Pero a partir de una serie de derrotas en 1912 que  fueron consumiéndolo y tras la batalla de Waterloo en 1915 cuando los británicos lo encarcelaron en la isla de Santa Elena; muchas teorías parecidas a la que cuenta la película mencionada al principio, deambulan libremente por los libros de historia.

Hay quienes creen que Bonaparte era un gran amante del vino, el cual en aquella época se lo fermentaba en toneles secados con arsénico, entonces de tanto beber se intoxicó con esa sustancia. Otras bocas en cambio, cuentan que el militar solía colorearse el cabello con tinturas que contenían ese químico, poco a poco se le fue colando por la cabeza hasta matarlo.

Más allá de esas hipótesis, la verdadera causa de su muerte fue descubierta por científicos suizos en 2005, quienes analizaron doce pantalones que usó el militar entre 1800 y 1821 -año en que falleció- llegaron a la conclusión de que fue a raíz de un cáncer gástrico. Entonces, muy en contra a lo que muestra Hollywood, ni su ego ni mucho menos su estómago lograron salvarle la vida a Napoleón Bonaparte.

Antonio Berni, una vida entre el lienzo y la realidad

Por Belén Romano

De joven ganó una beca y realizó un viaje de estudios a Europa lo cual lo llevó a perderse entre las calles de Toledo, Sevilla, Madrid…Vivió los locos años 20 en París, la cuna del arte donde nuevos artistas y movimientos vanguardistas surgieron a través de jóvenes prometedores como Picasso, Miró, Matisse. Allí Berni se inició en las técnicas de grabado y collage y los estilos Fauvismo y Surrealismo que conformarían su futura obra.

El rosarino volvió a su país natal en la década de 1930, en plena crisis mundial. Vio a una Argentina desocupada donde hombres y mujeres hacían las colas frente a la olla popular en el puerto. Tras haber vivido años intelectuales en París chocó con la cruda realidad y comenzó su actividad política. Se afilió al partido comunista y fundó el grupo Nuevo Realismo, desde el cual se llevaron a cabo proyectos artísticos con una fuerte intención política que convertían lo cotidiano en objeto de la obra de arte.

Durante esos años viajó por todo el país para conocer en primera persona la realidad social que cubría cada rincón de la Argentina. En 1936 se asentó en Buenos Aires y mientras desarrollaba su labor creativa, dio clases de dibujo en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Durante ese tiempo también fue nombrado presidente de la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, institución de la cual siempre formó parte.

Entre sus obras destacadas, se encuentra el mural que realizó en conjunto con su amigo Spilimbergo, maestro del arte argentino, y el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros. “Mural Botana” se llamó la obra que hicieronen 1933; “Manifestación”, es otra de sus obras más conocidas y un ejemplo ilustrativo de los “murales portátiles” pues el artista buscaba que sus murales alcanzaran una amplia visibilidad pública y para ello utilizó como soporte el caballete. Los manifestantes pidiendo pan y trabajo ofrecen un aspecto imponente, tal que pareciera queestán por sobresalir de la pintura hecha sobre tela de arpillera.

“Mural Botana”, 1933
“Manifestación” , 1934

En la década del 50 adoptó un estilo expresionista, de tintes dramáticos que se vio reflejada en una serie de retratos que hizo de su mujer y su hija Lili, y desembocó en la serie de paisajes urbanos en los que desaparecía la figura humana. En los años 60, fuertemente influido por el Pop Art y el realismo social, creó dos personajes: Juanito Laguna y Ramona Montiel. Ambos representan la realidad más repugnante de una gran ciudad, Buenos Aires. Esta serie de pinturas refleja a través de un ojo crítico y gran agudeza de observación episodios del día a día de estos personajes. La técnica predominante fue el collage tanto con materiales desechados (latas, plásticos, maderas, telas, etc.) como fotomontaje.

En los años 70 realizó trabajos decorativos y escenográficos, e ilustraciones y colaboraciones con revistas tanto nacionales como internacionales. Y continuó creando personajes que daban vida a sus series populares de pinturas. Entre ellos La difunta Correa, que llegó a convertirse en un mito popular.

“La difunta Correa”, 1971-1976

En sus últimos años realizó una serie de esculturas. Falleció a los 76 en Buenos Aires. Dejando un legado artístico plagado de historia, conciencia social, mensajes ocultos y, lo más importante, mucha pasión y dedicación.

Un recorrido por algunas de las obras del artista

“El arte es una respuesta a la vida. Ser artista es emprender una manera riesgosa de vivir, es adoptar una de las mayores formas de libertad, es no hacer concesiones. En cuanto a la pintura, es una forma de amor, de transmitir los años en arte.”- Antonio Berni, días antes de su muerte.

Ayrton Senna, prócer del automovilismo mundial

Senna sentado en su vehículo antes de salir a pista

Fue un gigante mundial, admirado hasta por sus enemigos (si es que los tenía), fue idolatrado por todo el mundo, fue el escudo del deporte motor por muchos años (y lo seguirá siendo), pero hay algo que jamás pudo: ser igualado. Aunque no era un factor que dependía de él, sus logros dejaron una huella en el automovilismo que aún es ejemplo de los más grandes. Michael Schumacher fue una gran sombra y supo cosechar campeonatos y fanáticos a lo largo de toda su carrera deportiva, pero no logró ser más que Ayrton Senna. Lewis Hamilton aún intenta superar estadísticamente al brasileño, pero pareciera ser que ni los números lograrán superponer al  astro británico por sobre el piloto latinoamericano que dejó el mundo en 1994 haciendo lo que dejaba al los fierreros atónitos como nada en un autódromo. Con un estilo aguerrido, veloz e inteligente, Senna conquistó 41 Grandes Premios y levantó en 3 oportunidades la corona máxima de la F1. Aunque las estadísticas no sean del todo gruesas, la manera en la que logró el éxito le daba más prestigio. Su comportamiento en pista dejaba plasmada su calidad como piloto, y debajo del auto también tenía una manera de actuar muy particular (aunque algo tímido), fue por eso que supo conquistar el corazón de muchos en todo el mundo, inclusive el de la cantante Xuxa, con quien estuvo dos años de novio, hasta 1990.

Senna y Prost en un podio. Máximos rivales

Tanto peso tenía su presencia en cada país al que la F1 visitaba, que muchos de los fanáticos concurrían a los autódromos para ver al brasileño en las pistas. Lo que sucedía con el resto de los pilotos poco importaba.

Vivió hasta los 34 años luego de un accidente en Imola, circuito al que la F1 dejó de visitar por tal motivo. De hecho la curva donde este fatídico suceso fue suprimida.

El accidente fatal de Ayrton Senna

Un hombre muy religioso, al punto de leer partes de la Biblia antes de salir de su motorhome antes de cada carrera. Un piloto con sus rutinas muy marcadas e inamovibles, excepto el día de su muerte. Solía dar dos giros previos a cada competencia, pero en el gran premio de Imola no dio dos, sino tres vueltas. Era la primera vez que rompía con su propia palabra. Recordado por la gloria, Ayrton Senna fue y será recordado como la gloria máxima del automovilismo mundial, aunque ya no esté, su pasado lo condena a no morir jamás.

Julio Sosa, “El Varón del Tango”

Por Julián Alvez

A mitad de los años 50, el tango pasaba por un momento “poco feliz”. El surgimiento de la “nueva ola musical”, comandada por el twist, parecía sentenciar un género que había marcado, junto a la milonga, toda una ciudad durante varias décadas. Durante ese tiempo, Julio Sosa fue uno de los pocos que contrarrestó esa tendencia y supo convocar multitudes. Con un vasto repertorio de éxitos y una cadencia de voz falta de ternura que lo hacían muy particular, quedó plasmado en el imaginario popular como una de las más reconocibles e insoslayables figuras de la historia del tango.

Julio María Sosa Venturini nació en la localidad de Las Piedras, departamento de Canelones, Uruguay, el 2 de febrero de 1926, en el matrimonio formado por Luciano Sosa, peón rural, y Ana María Venturini, lavandera. De familia humilde, desde “pebete” tuvo que recurrir a las changas para poder aportar dinero a su casa, sin embargo, su ambición por ser cantor de tangos lo llevó a participar en cada concurso que se realizara en Uruguay.

Se inició profesionalmente en la ciudad de La Paz (Uruguay) como vocalista de la orquesta de Carlos Gilardoni. Luego de trasladarse a Montevideo, en 1948 grabó su primer disco junto con Luis Caruso, sin embargo, la escena uruguaya era limitada para las aspiraciones del Varón del Tango, por lo que al año siguiente se embarcó a Buenos Aires.

Julio Sosa en Villa del Parque, el barrió donde vivió desde que llegó a Buenos Aires (Fuente: Perfil)

Al poco tiempo de arribar, consiguió contrato en el café “Los Andes”, de Chacarita, y un mes después el letrista Raúl Hormaza, lo recomendó a Enrique Francini y Armando Pontier, orquesta en la que compartiría lugar con Alberto Podestá. Allí Sosa consiguió un envión exponencial en su carrera y grabó éxitos como “Pa que sepan como soy”, “El Ciruja” y “Dicen que dicen”.

En abril de 1953, pasó a la típica de Francisco Rotundo, pero duró dos años para luego volver nuevamente con Pontier, que ya no contaba con Francini. Durante ese tiempo grabó éxitos como “Araca París”, “Cambalache” y “La Gayola”; Sosa reconoció años más tardes que los momentos más felices de su carreras los pasó junto en esa compañía.

A pesar de su creciente acogida, en 1960 decidió desvincularse con Pontier para poder iniciar su etapa solista. Para ello convocó al bandoneonista Leopoldo Federico, y junto a la banda, grabaron versiones aclamadas de “Nada”, “Qué falta que me hacés”, “En esta tarde gris” y hasta “La cumparsita”. Esta orquesta fue la que lo acompañó a Sosa hasta el final de sus días.

Durante ese tiempo “El Varón del Tango”, como muy pronto se lo apodó, conquistó a los amantes del género con su estilo personal y vigoroso. Sus éxitos y la creciente popularidad fueron causa de un sin fin de presentaciones en radio y televisión, e inclusive participó como actor en el film “Buenas Noches, Buenos Aires”, de Hugo del Carril.

El 25 de noviembre de 1964, tuvo un accidente automovilístico y al día siguiente falleció en el sanatorio Anchorena y terminó siendo velado en el Luna Park, ante el gran número de personas que acudieron a su velatorio. El día anterior a su accidente, había cantado por radio su último tango, “La gayola”. El final de esa canción pareció profético: “pa’ que no me falten flores cuando esté dentro ‘el cajón”.