Julio Sosa, “El Varón del Tango”

Por Julián Alvez

A mitad de los años 50, el tango pasaba por un momento “poco feliz”. El surgimiento de la “nueva ola musical”, comandada por el twist, parecía sentenciar un género que había marcado, junto a la milonga, toda una ciudad durante varias décadas. Durante ese tiempo, Julio Sosa fue uno de los pocos que contrarrestó esa tendencia y supo convocar multitudes. Con un vasto repertorio de éxitos y una cadencia de voz falta de ternura que lo hacían muy particular, quedó plasmado en el imaginario popular como una de las más reconocibles e insoslayables figuras de la historia del tango.

Julio María Sosa Venturini nació en la localidad de Las Piedras, departamento de Canelones, Uruguay, el 2 de febrero de 1926, en el matrimonio formado por Luciano Sosa, peón rural, y Ana María Venturini, lavandera. De familia humilde, desde “pebete” tuvo que recurrir a las changas para poder aportar dinero a su casa, sin embargo, su ambición por ser cantor de tangos lo llevó a participar en cada concurso que se realizara en Uruguay.

Se inició profesionalmente en la ciudad de La Paz (Uruguay) como vocalista de la orquesta de Carlos Gilardoni. Luego de trasladarse a Montevideo, en 1948 grabó su primer disco junto con Luis Caruso, sin embargo, la escena uruguaya era limitada para las aspiraciones del Varón del Tango, por lo que al año siguiente se embarcó a Buenos Aires.

Julio Sosa en Villa del Parque, el barrió donde vivió desde que llegó a Buenos Aires (Fuente: Perfil)

Al poco tiempo de arribar, consiguió contrato en el café “Los Andes”, de Chacarita, y un mes después el letrista Raúl Hormaza, lo recomendó a Enrique Francini y Armando Pontier, orquesta en la que compartiría lugar con Alberto Podestá. Allí Sosa consiguió un envión exponencial en su carrera y grabó éxitos como “Pa que sepan como soy”, “El Ciruja” y “Dicen que dicen”.

En abril de 1953, pasó a la típica de Francisco Rotundo, pero duró dos años para luego volver nuevamente con Pontier, que ya no contaba con Francini. Durante ese tiempo grabó éxitos como “Araca París”, “Cambalache” y “La Gayola”; Sosa reconoció años más tardes que los momentos más felices de su carreras los pasó junto en esa compañía.

A pesar de su creciente acogida, en 1960 decidió desvincularse con Pontier para poder iniciar su etapa solista. Para ello convocó al bandoneonista Leopoldo Federico, y junto a la banda, grabaron versiones aclamadas de “Nada”, “Qué falta que me hacés”, “En esta tarde gris” y hasta “La cumparsita”. Esta orquesta fue la que lo acompañó a Sosa hasta el final de sus días.

Durante ese tiempo “El Varón del Tango”, como muy pronto se lo apodó, conquistó a los amantes del género con su estilo personal y vigoroso. Sus éxitos y la creciente popularidad fueron causa de un sin fin de presentaciones en radio y televisión, e inclusive participó como actor en el film “Buenas Noches, Buenos Aires”, de Hugo del Carril.

El 25 de noviembre de 1964, tuvo un accidente automovilístico y al día siguiente falleció en el sanatorio Anchorena y terminó siendo velado en el Luna Park, ante el gran número de personas que acudieron a su velatorio. El día anterior a su accidente, había cantado por radio su último tango, “La gayola”. El final de esa canción pareció profético: “pa’ que no me falten flores cuando esté dentro ‘el cajón”.

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