Alejandra Pizarnik — Surrealismo y sinceridad

Por Michelle Bercoff

Los poemas de Alejandra no contienen ni una sola partícula de mentira. Así dijo Octavio Paz en el prólogo de Árbol de Diana. Y es que lo que más parecía atormentarla era, justamente, la poca sinceridad y transparencia que veía en el uso de las palabras como canal para comunicarnos.

Conflictuada con el lenguaje, tuvo que adentrarse en él para crear uno propio: “Por este lenguaje sufre. Sufre porque es consciente de que esa búsqueda la separa; vuelve imposible al amor, a la cotidianidad del amor, las obligaciones, las distracciones. El lenguaje al que Pizarnik aspira no admite distracciones. Y el precio a pagar es muy alto”, explicó Ana Becciu, quien 30 años después de la muerte de Alejandra fue la encargada de editar Diarios, compilado de todos sus escritos  íntimos desde el ‘55 al ‘71 y que nunca llegó a publicar.

Tuvo que haber una verdad muy grande adentro suyo como para haber podido reflejar tanta oscuridad en sus poesías. Su vínculo con el lenguaje la forzó a mantenerse en pleno contacto con sus sentimientos y con su percepción del mundo, ahogándose en una profunda introspección. En el mundo de la literatura era nombrada como “la poeta maldita de América”. Perteneciente al tan reducido grupo de escritoras mujeres que tenían un espacio en la literatura de la década del 60, llegó a ser consagrada como una de las figuras más influyentes dentro de ‘boom’ latinoamericano.

Alejandra se suicidó el 25 de Septiembre de 1972, a los 36 años. Fernando Noy la llegó a conocer dos años antes.  El primer libro suyo que leyó fue “Extracción de la piedra de la locura” y se quedó tan fascinado que la contactó y ella lo citó en su casa. “En el ascensor le dije que se parecía a Brian Jones. Ella me miró sonriendo y me comparó con una prostituta alemana. Ahí empezamos a reírnos y nuestra risa no se detuvo nunca”, contó para Diario de Cultura.

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“No había nadie más divertido, ni más insólito que Alejandra”, y agrega que fue por medio de ella que conoció a su grupo de amigos de esa elite intelectual de los 60’s; entre los que estaban Olga Orozco, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Olga le decía a Fernando que para Alejandra su aparición fue como un oasis porque era el único que podía seguirle el ritmo de estar cuatro días sin dormir porque los dos tomaban anfetaminas.

Se dice que el gran amor de Alejandra fue Silvina Ocampo. Ella tuvo una relación con Bioy Casares hasta el día de su muerte pero, según las cartas que se mandaban entre ellas, queda claro que fueron amantes. Alejandra le escribía mensajes desesperados que, a lo último, Ocampo contestaba con desapego. “Te tengo confianza mística”, le dijo en una de sus últimas cartas. “Oh, Sylvette, si estuvieras. Claro es que te besaría una mano y lloraría, pero sos mi paraíso perdido (…) Haceme un lugarcito en vos, no te molestaré. Pero te quiero, oh, no imaginás cómo me estremezco al recordar tus manos que jamás volveré a tocar (…)”.
La llama a la casa pero ella no atiende, estaba ocupada organizando un viaje a Europa. Alejandra sabe que es a propósito y se queja con la empleada que le contesta. A los pocos días se suicida.


Si hay alguno de sus amigos que pareció haber podido entenderle la angustia con el lenguaje fue Cortázar. El departamento de Alejandra estaba repleto de papeles. En medio de ese caos perdió los originales (y únicos) manuscritos de Rayuela y casi impide que la novela se publique. “—Alejandra, ¡es Cortázar! — le decía Noy. —No, no, decile que no estoy. “Estoy buscando los originales de Rayuela y no los encuentro”. Finalmente los encontró y él le encargó la tarea a alguien más responsable. Sus amigos dicen que le costaba todo lo “doméstico” y “terrenal”, como hacer trámites o cocinar porque ella solo quería vivir por y para la poesía. Su mamá era la que le llevaba la comida. Y hablaba sola: “Tenía visitas astrales. A veces se iba al cuarto porque estaba Arthur Rimbaud. Se ponía a hablar con la nada misma. Para ella, hasta la muerte estaba muerta. Nadie la podía comprender”. Cuando llegaba la noche volvía la angustia y la llamaba a Olga para que la calme.  Noy reconoce que el gran drama de Alejandra era que había sido abandonada o que al menos esa era su percepción.

Como dijo Becciu, “(…) la vida de Alejandra no fue una pose, fue una escritora, que le dolió serlo, porque casi nadie podía mirarla y comprenderla y amarla tal cual era, y cuidarla, para que pudiera seguir escribiendo esos poemas que ahora son lenguaje’


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